Montessori propone el diseño de un ambiente preparado para responder a las necesidades del niño de cada edad, como uno de sus rasgos más destacados. Es conocido el mobiliario y los materiales propios de un ambiente Montessori, sin embargo, el ambiente no es solo físico, sino también – ¡y sobre todo!- vincular y afectivo, que incluye varios aspectos relacionados entre sí:
- el afecto manifiesto
- la comunicación explícita, adecuada al niño en cada uno de sus períodos sensitivos
- las relaciones y la socialización
- la resolución de conflictos y la gestión de las emociones
Las expresiones de afecto no son solo las muestras de afecto explícito, sino otras manifestaciones a veces sutiles, que muestran al niño interés por parte del adulto:
- el tono de voz suave, con pocas palabras, serenas y pausadas
- los movimientos precisos, suaves y sin artificios, que generan seguridad en el niño
- una actitud acogedora frente a los conflictos y demandas
- una mirada tan firme como empática (poniéndonos a la altura del niño y mirándolo a los ojos de manera sostenida)
- una actitud de escucha atenta, que es el inicio de toda resolución de conflictos
Un punto a tener en cuenta es que antes de cualquier corrección, es importante establecer con el niño un vínculo significativo de afecto que haga posible que nos escuche y atienda. Es decir, primero conexión, luego corrección, una de las premisas de la Disciplina Positiva.
Frente a los conflictos, llantos y caprichos, es importante, en primer lugar, generar un clima de empatía, contención y escucha: ¿Qué pasó?…¿Podés explicarme como te sentís…? Contame que necesitas….te escucho con atención, ahora escuchame vos….¿qué podríamos hacer para resolver esto…? o frases similares. Acompañar estas palabras con gestos corporales y centrar la mirada en el niño, harán el resto. El diálogo debe ser para buscar soluciones, con pausas y silencios que permitan al niño expresar lo que le pasa y volver a la calma.
Ese clima de escucha y serena contención no invalida, en un segundo momento, poner algún límite a una situación de desborde, pero primero, escuchamos y serenamos, luego ayudamos al niño a encauzar sus emociones, entender que le pasa y reparar.
Esta escucha requiere de un adulto con delicadeza, tiempo y paciencia; ¡esa combinación no es nada fácil! Sin embargo, ese momento respetuoso enseña valiosas habilidades sociales para el futuro, y, fundamentalmente, muestran al niño que es capaz de manejar situaciones, que es capaz de ejercer control sobre sus emociones y lo ayuda a establecer vínculos sanos con los demás.
Lic. Graciela Heguy


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